Pedantrix

Este blog es la ventana que dará a conocer al mundo la historia más increíble jamás contada. Pedantrix, un viaje a los entresijos de las verdades tecnológicas ocultas de nuestros días, un recorrido espiritual por los inexplorados senderos de la abstracción suma, y un encuentro con La Verdad Verdadera.


Encuentros en la tercera base


Una vez formalizado mi despido, decidí ponerme a investigar. No me fastidiaba haberme quedado sin trabajo, porque evidentemente alguien como yo puede conseguir trabajo donde y cuando quiere. Era más bien curiosidad profesional. ¿Cómo era posible que alguien pudiese haber burlado todo mi infalible sistema de seguridad? ¿Cómo “ese alguien” podía firmar como perteneciente al área 33? ¿Había algún interés oculto en todo esto? Y sobre todo, ¿el tiempo era relativo?

Mientras me dirigía al área 33 toda mi materia gris (para los de la ESO, cerebro) iba elaborando múltiples hipótesis para responder a todas estas dudas, aunque era evidente que no iba a llegar a ninguna conclusión hasta que no investigase un poco. Pero muchas veces me ocurre que no soy capaz de detener a mi cerebro cuando se pone a trabajar; me sale solo.

El área 33 se encontraba en la parte baja de la ciudad. Era la primera vez que me acercaba a los bajos fondos, pero mi perspicacia y mi extraordinario sentido de la orientación me permitieron llegar a mi destino sin más que dar un par de vueltas por la zona. Una vez que llegué al pie de aquel letrero enorme de letras luminosas con el mensaje “ÁREA 33”, visible a un kilómetro de distancia, procedí a intentar localizar un punto seguro de entrada al recinto.

La mejor alternativa resultó ser la más sencilla, como siempre decía Guillermo, mi ahora recién antiguo jefe. Así que entré por la puerta principal, habiendo observado la inexistencia absoluta de controles de seguridad, tal como me imaginaba que sucedería. Un largo pasillo con algunos letreros disuasorios (“Koalas a 2 km” o “Uso obligatorio de gafas”, entre otros) me llevó hasta una gran sala donde algunas personas parecían trabajar en diferentes mesas distribuidas de manera desordenada a lo largo de la estancia.

En cuanto hice presencia allí, uno de los sujetos levantó primero la mirada, y luego el resto del cuerpo para acercarse a mí:

- ¿Te puedo ayudar en algo? – me preguntó.

“Arggg…”, pensé, “esta gente de los bajos fondos, que te tutea sin conocerte…”. Consciente de la inferioridad intelectual de mi interlocutor, traté de sonsacarle información sutilmente sin desvelar mis verdaderas intenciones:

- Sí, verá, formo parte de una corporación dedicada a la investigación de la influencia que potencialmente ejerce la asignación de nombres de manera innovadora a productos y/o personas de nueva generación, en relación con el rendimiento efectivo que estos sujetos presentarían en hipotéticos modelos de simulación… Para que usted me entienda…, estoy realizando una encuesta al respecto. ¿Dispondría usted de cinco minutos que pudiese dedicarme para responder a algunas cuestiones?

Tal como yo me imaginaba, pude advertir en su expresión que no había logrado entender nada de lo que yo le había dicho, pese a la nitidez de mis explicaciones. Pero sabía que me iba a responder afirmativamente.

- Sí, dime. – me dijo.

Bien, ya me había preparado el camino. Ahora podría empezar a indagar. Mientras comenzaba a formular la siguiente pregunta, pude observar en detalle la estancia. Exactamente 12 ordenadores y 4 personas compartíamos aire en aquel momento. Fui al grano:

- Bien, entonces déme su opinión: ¿si usted tuviese que bautizar un nuevo sistema o persona, le gustaría un nombre como por ejemplo… Jarolu?

De forma sorprendente, la indiferencia de aquellas 3 personas se disipó por completo en el instante en que había pronunciado la palabra Jarolu. Todas las miradas se dirigieron hacia mí. Nadie dijo nada. Sabía que había dado en el blanco. Sólo necesitaba que me dijesen algo. Tal vez algo como “¡qué coincidencia, conocemos a alguien con ese nombre…!”. O mejor aún, tal vez alguno de esos tres sujetos era Jarolu y se me presentaba…

Pero el único que habló fue mi interlocutor, que murmuró:

- Discúlpame un segundo.

Y bajo la atenta mirada mía y de los otros dos, regresó a su puesto y sacó de debajo de la mesa un palo de hockey. Luego caminó hacia la puerta por la que yo había entrado, susurrándome a su paso por mi posición:

- Es sólo un momento.

Al lado de la mencionada puerta había en la pared una pequeña caja en cuya tapa frontal, de cristal, podía leerse el mensaje: “Alarma, para activar golpear aquí”. Cuando el impacto del palo de hockey abrevió el mensaje a “Alarma aquí”, tres puertas blindadas cerraron la vía por donde yo había entrado; también las ventanas de la habitación se cerraron con blindaje. Aquello sí que era un sistema de seguridad.

El sujeto que había hablado conmigo se presentó:

- Me llamo Miguel. Siento decirte que no podemos dejarte ir hasta que comprobemos que eres el elegido.

¿El elegido? Hasta entonces no me había asustado lo más mínimo con la supuesta demostración de fuerza de sus puertas blindadas, pues la teoría más plausible es que íbamos a hablar de temas serios y no querrían intrusiones del exterior. Pero ahora comenzaba a sentirme amenazado por alguna especie de agrupación sectaria… De modo que me apresuré a dejarles claro que no se atreviesen a cometer ningún error:

- Lamento cualquier posible decepción al respecto, pero me veo obligado a señalar que yo no soy vuestro elegido.

Entonces el chico que estaba más alejado de mi posición, del cual sólo podía observar su cabeza asomando tras el monitor de su ordenador, dijo en alto, sin dirigirse a nadie en concreto:

- Tiene que ser ÉL. Ha mencionado a Jarolu. Sólo ÉL podría conocerlo.

Tenía la sensación de que me estaban ignorando. Tal vez debía hacerme entender de una forma más cristalina. De modo que intenté rebajarme a su nivel de lenguaje y tutear al chico:

- ¡Eh, tú, el de las rastas! ¡Te digo que no soy vuestro elegido!

Ahora me entendió perfectamente, y respondió casi al momento:

- ¡Sólo el verdadero elegido negaría ser el elegido!

Debo decir que no me esperaba de esta gente que fuese capaz de entrar en juegos semánticos. Pero en ese momento no me interesaba lo más mínimo entrar en esa guerra, que evidentemente ganaría yo. Sin embargo, me interesaba más asegurarme de que no cometiesen ninguna locura. Yo sólo necesitaba sonsacarles el paradero de Jarolu y largarme de allí. Así que puesto que ya me había adaptado a la jerga de los bajos fondos, fui capaz de expresarme con contundencia:

- Mirad, no me dais ningún miedo. Sé que puedo con vosotros tres, así que cuando quiera largarme de aquí lo haré. Pero antes os voy a sonsacar cierta información, ¿vale? Insisto, no os tengo el más mínimo miedo.

Entonces el chico del fondo, el de las rastas, se irguió, permitiéndome advertir su cuerpo musculado, que como mínimo duplicaba al mío en volumen. A continuación abrió la boca y entonces recordé que aquel pedazo de bicho sabía hablar:

- Me llamo Pablo – dijo – y no sé los demás, pero sin mi permiso tú de aquí no te vas.

Evidentemente yo no tenía ningún motivo para tenerle miedo a él ni a los demás, pero como se puede apreciar en sus palabras, el chico era tremendamente razonable, así que me cayó bien desde un primer momento.

- Mira – le dije – tú me pareces majo, así que… ¿me puedes explicar qué está ocurriendo aquí?

- Bueno, pues es muy sencillo – me contestó -. Tú pareces ser el elegido que nos ayudará en nuestra búsqueda de Jarolu.

- ¡Ajá! Con que vosotros también lo andáis buscando, ¿eh?

- Efectivamente, y tú nos ayudarás.

Entonces el tercer sujeto, que se había mantenido al margen de la conversación, se levantó y proclamó con voz solemne:

- El elegido tal vez el muchacho sea... Pero precipitarnos no debemos... De su condición antes que asegurarnos tendremos.

Los otros dos, que ahora ya sabía que se llamaban Miguel y Pablo, se quedaron observando expectantes a aquella especie de profeta, aguardando a que dijese algo más. El susodicho cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia arriba, y comenzó a recitar unas palabras que sin duda tenía memorizadas:

- “Al elegido reconoceréis con ayuda de las tres bases que el mundo gobiernan. Siendo una la fecha, y otra el lugar, la tercera base os indicará su procedencia, y preguntado por la misma, su condición no podrá negar.” Versículo cuarto de las notas de Jarolu.

Entonces abrió los ojos e inclinó su cabeza hacia delante, hasta que su mirada se clavó en mí. Mientras se me aproximaba, me preguntó:

- ¿Hoy es de mes qué día?

- Veintiuno – le respondí.

- ¿Y estamos en qué área?

- Pues... estamos en el área treinta y tres.

- “Siendo una la fecha, y otra el lugar, la tercera base os indicará su procedencia”. Mi pequeño saltamontes..., las tres bases que el mundo gobiernan, sin duda hexadecimal, decimal y octal son. Pues 21 hexadecimal con 33 decimal coincide, tu procedencia el octal me dirá. Y 41 en octal ese número ser debe... Mi pequeño saltamontes..., tu procedencia no me niegues. ¿Del área 41 procedes?

Reconozco que la puesta en escena de aquel tipo era muy lograda, pero mi intuición, que nunca falla, me decía que todo aquello era una farsa, de modo que se lo hice saber:

- Mira, aunque vengo del área 41, estoy seguro de que tú eso ya lo sabías. Así que no me trago todo este rollo místico que te traes...

- Si del área 41 vienes, a dudas lugar ya no hay.

Entonces Pablo se acercó a mí y me dijo:

- Eres el elegido.

Pablo era muy convincente, así que en ese momento decidí que ellos tenían que tener razón. Yo era una especie de elegido. Ellos eran una especie de secta y de algún modo u otro nuestros destinos se habían cruzado con un objetivo común que probablemente todos desconocíamos. Por primera vez en mi vida iba a tener que formar parte de un equipo, algo que siempre había evitado debido al riesgo de desequilibrar cualquier equipo con mis talentos. Pero lo cierto es que Pablo me había convencido de que estaban a mi altura. Formaríamos un equipo para buscar a Jarolu.

- De acuerdo, está claro que soy el elegido, y entre todos encontraremos a Jarolu. ¿Por dónde empezamos?

Entonces se abrió una puerta al fondo de la habitación y lo que yo pensaba que iba a ser un equipo de 4 personas se convirtió en un quinteto. El nuevo individuo entró con fuerza, venía sudando y jadeando. Debía de venir de algún duro trabajo de campo. Exclamó:

- ¡Toooblbl! ... ¡Uau, chicos! ¡Ha sido una experiencia trepidante! He batido mi récord... Pero para la próxima versión, tenemos que pensar en hacerlo en modo multijugador, ¿vale?... Por cierto, ¿ese quién coño es?