Pepe: Tal como me temía, David, mientras tú no vengas a la pachanga seremos impares.
David: Pero yo si voy es con María, así que seguiremos siendo impares igual.
Pepe: A ver..., no lo has entendido. Lo que quiero decir es:
boolean impares(List
return !jugadores.contains("David");
}
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El otro día David y yo tuvimos una pequeña discusión acerca de si en la canción de Misión Imposible había 2 o 3 pirulís. Evidentemente, debido a mi superdotación no me cabía ninguna duda de que yo llevaba razón, pero para que a David no le quede ninguna duda me veo obligado a presentarle la siguiente prueba:
Como se puede apreciar son 3 pirulís, tal como yo había señalado.
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Encuentros en la tercera base
Una vez formalizado mi despido, decidí ponerme a investigar. No me fastidiaba haberme quedado sin trabajo, porque evidentemente alguien como yo puede conseguir trabajo donde y cuando quiere. Era más bien curiosidad profesional. ¿Cómo era posible que alguien pudiese haber burlado todo mi infalible sistema de seguridad? ¿Cómo “ese alguien” podía firmar como perteneciente al área 33? ¿Había algún interés oculto en todo esto? Y sobre todo, ¿el tiempo era relativo?
Mientras me dirigía al área 33 toda mi materia gris (para los de la ESO, cerebro) iba elaborando múltiples hipótesis para responder a todas estas dudas, aunque era evidente que no iba a llegar a ninguna conclusión hasta que no investigase un poco. Pero muchas veces me ocurre que no soy capaz de detener a mi cerebro cuando se pone a trabajar; me sale solo.
El área 33 se encontraba en la parte baja de la ciudad. Era la primera vez que me acercaba a los bajos fondos, pero mi perspicacia y mi extraordinario sentido de la orientación me permitieron llegar a mi destino sin más que dar un par de vueltas por la zona. Una vez que llegué al pie de aquel letrero enorme de letras luminosas con el mensaje “ÁREA 33”, visible a un kilómetro de distancia, procedí a intentar localizar un punto seguro de entrada al recinto.
La mejor alternativa resultó ser la más sencilla, como siempre decía Guillermo, mi ahora recién antiguo jefe. Así que entré por la puerta principal, habiendo observado la inexistencia absoluta de controles de seguridad, tal como me imaginaba que sucedería. Un largo pasillo con algunos letreros disuasorios (“Koalas a 2 km” o “Uso obligatorio de gafas”, entre otros) me llevó hasta una gran sala donde algunas personas parecían trabajar en diferentes mesas distribuidas de manera desordenada a lo largo de la estancia.
En cuanto hice presencia allí, uno de los sujetos levantó primero la mirada, y luego el resto del cuerpo para acercarse a mí:
- ¿Te puedo ayudar en algo? – me preguntó.
“Arggg…”, pensé, “esta gente de los bajos fondos, que te tutea sin conocerte…”. Consciente de la inferioridad intelectual de mi interlocutor, traté de sonsacarle información sutilmente sin desvelar mis verdaderas intenciones:
- Sí, verá, formo parte de una corporación dedicada a la investigación de la influencia que potencialmente ejerce la asignación de nombres de manera innovadora a productos y/o personas de nueva generación, en relación con el rendimiento efectivo que estos sujetos presentarían en hipotéticos modelos de simulación… Para que usted me entienda…, estoy realizando una encuesta al respecto. ¿Dispondría usted de cinco minutos que pudiese dedicarme para responder a algunas cuestiones?
Tal como yo me imaginaba, pude advertir en su expresión que no había logrado entender nada de lo que yo le había dicho, pese a la nitidez de mis explicaciones. Pero sabía que me iba a responder afirmativamente.
- Sí, dime. – me dijo.
Bien, ya me había preparado el camino. Ahora podría empezar a indagar. Mientras comenzaba a formular la siguiente pregunta, pude observar en detalle la estancia. Exactamente 12 ordenadores y 4 personas compartíamos aire en aquel momento. Fui al grano:
- Bien, entonces déme su opinión: ¿si usted tuviese que bautizar un nuevo sistema o persona, le gustaría un nombre como por ejemplo… Jarolu?
De forma sorprendente, la indiferencia de aquellas 3 personas se disipó por completo en el instante en que había pronunciado la palabra Jarolu. Todas las miradas se dirigieron hacia mí. Nadie dijo nada. Sabía que había dado en el blanco. Sólo necesitaba que me dijesen algo. Tal vez algo como “¡qué coincidencia, conocemos a alguien con ese nombre…!”. O mejor aún, tal vez alguno de esos tres sujetos era Jarolu y se me presentaba…
Pero el único que habló fue mi interlocutor, que murmuró:
- Discúlpame un segundo.
Y bajo la atenta mirada mía y de los otros dos, regresó a su puesto y sacó de debajo de la mesa un palo de hockey. Luego caminó hacia la puerta por la que yo había entrado, susurrándome a su paso por mi posición:
- Es sólo un momento.
Al lado de la mencionada puerta había en la pared una pequeña caja en cuya tapa frontal, de cristal, podía leerse el mensaje: “Alarma, para activar golpear aquí”. Cuando el impacto del palo de hockey abrevió el mensaje a “Alarma aquí”, tres puertas blindadas cerraron la vía por donde yo había entrado; también las ventanas de la habitación se cerraron con blindaje. Aquello sí que era un sistema de seguridad.
El sujeto que había hablado conmigo se presentó:
- Me llamo Miguel. Siento decirte que no podemos dejarte ir hasta que comprobemos que eres el elegido.
¿El elegido? Hasta entonces no me había asustado lo más mínimo con la supuesta demostración de fuerza de sus puertas blindadas, pues la teoría más plausible es que íbamos a hablar de temas serios y no querrían intrusiones del exterior. Pero ahora comenzaba a sentirme amenazado por alguna especie de agrupación sectaria… De modo que me apresuré a dejarles claro que no se atreviesen a cometer ningún error:
- Lamento cualquier posible decepción al respecto, pero me veo obligado a señalar que yo no soy vuestro elegido.
Entonces el chico que estaba más alejado de mi posición, del cual sólo podía observar su cabeza asomando tras el monitor de su ordenador, dijo en alto, sin dirigirse a nadie en concreto:
- Tiene que ser ÉL. Ha mencionado a Jarolu. Sólo ÉL podría conocerlo.
Tenía la sensación de que me estaban ignorando. Tal vez debía hacerme entender de una forma más cristalina. De modo que intenté rebajarme a su nivel de lenguaje y tutear al chico:
- ¡Eh, tú, el de las rastas! ¡Te digo que no soy vuestro elegido!
Ahora me entendió perfectamente, y respondió casi al momento:
- ¡Sólo el verdadero elegido negaría ser el elegido!
Debo decir que no me esperaba de esta gente que fuese capaz de entrar en juegos semánticos. Pero en ese momento no me interesaba lo más mínimo entrar en esa guerra, que evidentemente ganaría yo. Sin embargo, me interesaba más asegurarme de que no cometiesen ninguna locura. Yo sólo necesitaba sonsacarles el paradero de Jarolu y largarme de allí. Así que puesto que ya me había adaptado a la jerga de los bajos fondos, fui capaz de expresarme con contundencia:
- Mirad, no me dais ningún miedo. Sé que puedo con vosotros tres, así que cuando quiera largarme de aquí lo haré. Pero antes os voy a sonsacar cierta información, ¿vale? Insisto, no os tengo el más mínimo miedo.
Entonces el chico del fondo, el de las rastas, se irguió, permitiéndome advertir su cuerpo musculado, que como mínimo duplicaba al mío en volumen. A continuación abrió la boca y entonces recordé que aquel pedazo de bicho sabía hablar:
- Me llamo Pablo – dijo – y no sé los demás, pero sin mi permiso tú de aquí no te vas.
Evidentemente yo no tenía ningún motivo para tenerle miedo a él ni a los demás, pero como se puede apreciar en sus palabras, el chico era tremendamente razonable, así que me cayó bien desde un primer momento.
- Mira – le dije – tú me pareces majo, así que… ¿me puedes explicar qué está ocurriendo aquí?
- Bueno, pues es muy sencillo – me contestó -. Tú pareces ser el elegido que nos ayudará en nuestra búsqueda de Jarolu.
- ¡Ajá! Con que vosotros también lo andáis buscando, ¿eh?
- Efectivamente, y tú nos ayudarás.
Entonces el tercer sujeto, que se había mantenido al margen de la conversación, se levantó y proclamó con voz solemne:
- El elegido tal vez el muchacho sea... Pero precipitarnos no debemos... De su condición antes que asegurarnos tendremos.
Los otros dos, que ahora ya sabía que se llamaban Miguel y Pablo, se quedaron observando expectantes a aquella especie de profeta, aguardando a que dijese algo más. El susodicho cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia arriba, y comenzó a recitar unas palabras que sin duda tenía memorizadas:
- “Al elegido reconoceréis con ayuda de las tres bases que el mundo gobiernan. Siendo una la fecha, y otra el lugar, la tercera base os indicará su procedencia, y preguntado por la misma, su condición no podrá negar.” Versículo cuarto de las notas de Jarolu.
Entonces abrió los ojos e inclinó su cabeza hacia delante, hasta que su mirada se clavó en mí. Mientras se me aproximaba, me preguntó:
- ¿Hoy es de mes qué día?
- Veintiuno – le respondí.
- ¿Y estamos en qué área?
- Pues... estamos en el área treinta y tres.
- “Siendo una la fecha, y otra el lugar, la tercera base os indicará su procedencia”. Mi pequeño saltamontes..., las tres bases que el mundo gobiernan, sin duda hexadecimal, decimal y octal son. Pues 21 hexadecimal con 33 decimal coincide, tu procedencia el octal me dirá. Y 41 en octal ese número ser debe... Mi pequeño saltamontes..., tu procedencia no me niegues. ¿Del área 41 procedes?
Reconozco que la puesta en escena de aquel tipo era muy lograda, pero mi intuición, que nunca falla, me decía que todo aquello era una farsa, de modo que se lo hice saber:
- Mira, aunque vengo del área 41, estoy seguro de que tú eso ya lo sabías. Así que no me trago todo este rollo místico que te traes...
- Si del área 41 vienes, a dudas lugar ya no hay.
Entonces Pablo se acercó a mí y me dijo:
- Eres el elegido.
Pablo era muy convincente, así que en ese momento decidí que ellos tenían que tener razón. Yo era una especie de elegido. Ellos eran una especie de secta y de algún modo u otro nuestros destinos se habían cruzado con un objetivo común que probablemente todos desconocíamos. Por primera vez en mi vida iba a tener que formar parte de un equipo, algo que siempre había evitado debido al riesgo de desequilibrar cualquier equipo con mis talentos. Pero lo cierto es que Pablo me había convencido de que estaban a mi altura. Formaríamos un equipo para buscar a Jarolu.
- De acuerdo, está claro que soy el elegido, y entre todos encontraremos a Jarolu. ¿Por dónde empezamos?
Entonces se abrió una puerta al fondo de la habitación y lo que yo pensaba que iba a ser un equipo de 4 personas se convirtió en un quinteto. El nuevo individuo entró con fuerza, venía sudando y jadeando. Debía de venir de algún duro trabajo de campo. Exclamó:
- ¡Toooblbl! ... ¡Uau, chicos! ¡Ha sido una experiencia trepidante! He batido mi récord... Pero para la próxima versión, tenemos que pensar en hacerlo en modo multijugador, ¿vale?... Por cierto, ¿ese quién coño es?
Mientras me dirigía al área 33 toda mi materia gris (para los de la ESO, cerebro) iba elaborando múltiples hipótesis para responder a todas estas dudas, aunque era evidente que no iba a llegar a ninguna conclusión hasta que no investigase un poco. Pero muchas veces me ocurre que no soy capaz de detener a mi cerebro cuando se pone a trabajar; me sale solo.
El área 33 se encontraba en la parte baja de la ciudad. Era la primera vez que me acercaba a los bajos fondos, pero mi perspicacia y mi extraordinario sentido de la orientación me permitieron llegar a mi destino sin más que dar un par de vueltas por la zona. Una vez que llegué al pie de aquel letrero enorme de letras luminosas con el mensaje “ÁREA 33”, visible a un kilómetro de distancia, procedí a intentar localizar un punto seguro de entrada al recinto.
La mejor alternativa resultó ser la más sencilla, como siempre decía Guillermo, mi ahora recién antiguo jefe. Así que entré por la puerta principal, habiendo observado la inexistencia absoluta de controles de seguridad, tal como me imaginaba que sucedería. Un largo pasillo con algunos letreros disuasorios (“Koalas a 2 km” o “Uso obligatorio de gafas”, entre otros) me llevó hasta una gran sala donde algunas personas parecían trabajar en diferentes mesas distribuidas de manera desordenada a lo largo de la estancia.
En cuanto hice presencia allí, uno de los sujetos levantó primero la mirada, y luego el resto del cuerpo para acercarse a mí:
- ¿Te puedo ayudar en algo? – me preguntó.
“Arggg…”, pensé, “esta gente de los bajos fondos, que te tutea sin conocerte…”. Consciente de la inferioridad intelectual de mi interlocutor, traté de sonsacarle información sutilmente sin desvelar mis verdaderas intenciones:
- Sí, verá, formo parte de una corporación dedicada a la investigación de la influencia que potencialmente ejerce la asignación de nombres de manera innovadora a productos y/o personas de nueva generación, en relación con el rendimiento efectivo que estos sujetos presentarían en hipotéticos modelos de simulación… Para que usted me entienda…, estoy realizando una encuesta al respecto. ¿Dispondría usted de cinco minutos que pudiese dedicarme para responder a algunas cuestiones?
Tal como yo me imaginaba, pude advertir en su expresión que no había logrado entender nada de lo que yo le había dicho, pese a la nitidez de mis explicaciones. Pero sabía que me iba a responder afirmativamente.
- Sí, dime. – me dijo.
Bien, ya me había preparado el camino. Ahora podría empezar a indagar. Mientras comenzaba a formular la siguiente pregunta, pude observar en detalle la estancia. Exactamente 12 ordenadores y 4 personas compartíamos aire en aquel momento. Fui al grano:
- Bien, entonces déme su opinión: ¿si usted tuviese que bautizar un nuevo sistema o persona, le gustaría un nombre como por ejemplo… Jarolu?
De forma sorprendente, la indiferencia de aquellas 3 personas se disipó por completo en el instante en que había pronunciado la palabra Jarolu. Todas las miradas se dirigieron hacia mí. Nadie dijo nada. Sabía que había dado en el blanco. Sólo necesitaba que me dijesen algo. Tal vez algo como “¡qué coincidencia, conocemos a alguien con ese nombre…!”. O mejor aún, tal vez alguno de esos tres sujetos era Jarolu y se me presentaba…
Pero el único que habló fue mi interlocutor, que murmuró:
- Discúlpame un segundo.
Y bajo la atenta mirada mía y de los otros dos, regresó a su puesto y sacó de debajo de la mesa un palo de hockey. Luego caminó hacia la puerta por la que yo había entrado, susurrándome a su paso por mi posición:
- Es sólo un momento.
Al lado de la mencionada puerta había en la pared una pequeña caja en cuya tapa frontal, de cristal, podía leerse el mensaje: “Alarma, para activar golpear aquí”. Cuando el impacto del palo de hockey abrevió el mensaje a “Alarma aquí”, tres puertas blindadas cerraron la vía por donde yo había entrado; también las ventanas de la habitación se cerraron con blindaje. Aquello sí que era un sistema de seguridad.
El sujeto que había hablado conmigo se presentó:
- Me llamo Miguel. Siento decirte que no podemos dejarte ir hasta que comprobemos que eres el elegido.
¿El elegido? Hasta entonces no me había asustado lo más mínimo con la supuesta demostración de fuerza de sus puertas blindadas, pues la teoría más plausible es que íbamos a hablar de temas serios y no querrían intrusiones del exterior. Pero ahora comenzaba a sentirme amenazado por alguna especie de agrupación sectaria… De modo que me apresuré a dejarles claro que no se atreviesen a cometer ningún error:
- Lamento cualquier posible decepción al respecto, pero me veo obligado a señalar que yo no soy vuestro elegido.
Entonces el chico que estaba más alejado de mi posición, del cual sólo podía observar su cabeza asomando tras el monitor de su ordenador, dijo en alto, sin dirigirse a nadie en concreto:
- Tiene que ser ÉL. Ha mencionado a Jarolu. Sólo ÉL podría conocerlo.
Tenía la sensación de que me estaban ignorando. Tal vez debía hacerme entender de una forma más cristalina. De modo que intenté rebajarme a su nivel de lenguaje y tutear al chico:
- ¡Eh, tú, el de las rastas! ¡Te digo que no soy vuestro elegido!
Ahora me entendió perfectamente, y respondió casi al momento:
- ¡Sólo el verdadero elegido negaría ser el elegido!
Debo decir que no me esperaba de esta gente que fuese capaz de entrar en juegos semánticos. Pero en ese momento no me interesaba lo más mínimo entrar en esa guerra, que evidentemente ganaría yo. Sin embargo, me interesaba más asegurarme de que no cometiesen ninguna locura. Yo sólo necesitaba sonsacarles el paradero de Jarolu y largarme de allí. Así que puesto que ya me había adaptado a la jerga de los bajos fondos, fui capaz de expresarme con contundencia:
- Mirad, no me dais ningún miedo. Sé que puedo con vosotros tres, así que cuando quiera largarme de aquí lo haré. Pero antes os voy a sonsacar cierta información, ¿vale? Insisto, no os tengo el más mínimo miedo.
Entonces el chico del fondo, el de las rastas, se irguió, permitiéndome advertir su cuerpo musculado, que como mínimo duplicaba al mío en volumen. A continuación abrió la boca y entonces recordé que aquel pedazo de bicho sabía hablar:
- Me llamo Pablo – dijo – y no sé los demás, pero sin mi permiso tú de aquí no te vas.
Evidentemente yo no tenía ningún motivo para tenerle miedo a él ni a los demás, pero como se puede apreciar en sus palabras, el chico era tremendamente razonable, así que me cayó bien desde un primer momento.
- Mira – le dije – tú me pareces majo, así que… ¿me puedes explicar qué está ocurriendo aquí?
- Bueno, pues es muy sencillo – me contestó -. Tú pareces ser el elegido que nos ayudará en nuestra búsqueda de Jarolu.
- ¡Ajá! Con que vosotros también lo andáis buscando, ¿eh?
- Efectivamente, y tú nos ayudarás.
Entonces el tercer sujeto, que se había mantenido al margen de la conversación, se levantó y proclamó con voz solemne:
- El elegido tal vez el muchacho sea... Pero precipitarnos no debemos... De su condición antes que asegurarnos tendremos.
Los otros dos, que ahora ya sabía que se llamaban Miguel y Pablo, se quedaron observando expectantes a aquella especie de profeta, aguardando a que dijese algo más. El susodicho cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia arriba, y comenzó a recitar unas palabras que sin duda tenía memorizadas:
- “Al elegido reconoceréis con ayuda de las tres bases que el mundo gobiernan. Siendo una la fecha, y otra el lugar, la tercera base os indicará su procedencia, y preguntado por la misma, su condición no podrá negar.” Versículo cuarto de las notas de Jarolu.
Entonces abrió los ojos e inclinó su cabeza hacia delante, hasta que su mirada se clavó en mí. Mientras se me aproximaba, me preguntó:
- ¿Hoy es de mes qué día?
- Veintiuno – le respondí.
- ¿Y estamos en qué área?
- Pues... estamos en el área treinta y tres.
- “Siendo una la fecha, y otra el lugar, la tercera base os indicará su procedencia”. Mi pequeño saltamontes..., las tres bases que el mundo gobiernan, sin duda hexadecimal, decimal y octal son. Pues 21 hexadecimal con 33 decimal coincide, tu procedencia el octal me dirá. Y 41 en octal ese número ser debe... Mi pequeño saltamontes..., tu procedencia no me niegues. ¿Del área 41 procedes?
Reconozco que la puesta en escena de aquel tipo era muy lograda, pero mi intuición, que nunca falla, me decía que todo aquello era una farsa, de modo que se lo hice saber:
- Mira, aunque vengo del área 41, estoy seguro de que tú eso ya lo sabías. Así que no me trago todo este rollo místico que te traes...
- Si del área 41 vienes, a dudas lugar ya no hay.
Entonces Pablo se acercó a mí y me dijo:
- Eres el elegido.
Pablo era muy convincente, así que en ese momento decidí que ellos tenían que tener razón. Yo era una especie de elegido. Ellos eran una especie de secta y de algún modo u otro nuestros destinos se habían cruzado con un objetivo común que probablemente todos desconocíamos. Por primera vez en mi vida iba a tener que formar parte de un equipo, algo que siempre había evitado debido al riesgo de desequilibrar cualquier equipo con mis talentos. Pero lo cierto es que Pablo me había convencido de que estaban a mi altura. Formaríamos un equipo para buscar a Jarolu.
- De acuerdo, está claro que soy el elegido, y entre todos encontraremos a Jarolu. ¿Por dónde empezamos?
Entonces se abrió una puerta al fondo de la habitación y lo que yo pensaba que iba a ser un equipo de 4 personas se convirtió en un quinteto. El nuevo individuo entró con fuerza, venía sudando y jadeando. Debía de venir de algún duro trabajo de campo. Exclamó:
- ¡Toooblbl! ... ¡Uau, chicos! ¡Ha sido una experiencia trepidante! He batido mi récord... Pero para la próxima versión, tenemos que pensar en hacerlo en modo multijugador, ¿vale?... Por cierto, ¿ese quién coño es?
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Shift + Supr
Siempre fui un hombre modesto y superdotado. Por eso trabajaba en el área 41. Llevaba casi 5 años trabajando en un proyecto de investigación que podía cambiar el mundo, lo cual por otro lado era la única forma de no desaprovechar todos mis talentos.
Llegué a mi despacho con mi habitual puntualidad, después de haber pasado todos los controles de seguridad rutinarios. Encendí mi ordenador, tras introducir el código de 36 dígitos. Era éste un robusto sistema de seguridad creado por mí; si me confundía en un solo dígito el ordenador se autodestruiría inmediatamente, sin causar daños fuera de su carcasa. Además, un letrero adjunto explicativo informaba de ello, de forma que así me aseguraba de que ningún intruso se atreviese a emplear el método de prueba/error para intentar joderme. Por otro lado, mi memoria y sangre fría me garantizaban que nunca me equivocaría al introducir el código. Mi trabajo estaba a salvo; la seguridad siempre fue mi especialidad dentro de la Informática.
Por ello, en aquel ordenador almacenaba la única copia de todo mi trabajo. Yo sé mejor que nadie que no hay nada más inseguro que hacer copias de los datos; es un principio básico que cuanto menor sea la cantidad de datos a proteger, más efectivo será el sistema de seguridad que los protege. De forma que cada día me sentaba allí, trabajaba lo mío y al final del día eliminaba todos los archivos temporales que había utilizado a lo largo del día, para no acumular datos innecesarios. Pero, eso sí, el borrado tenía que ser físico, a fin de no dejar rastro, por lo que utilizaba la combinación Shift+Supr en lugar de la típica Supr para borrarlos, un ingenioso truco que sólo los más avezados conocíamos por entonces.
Me convertí en un profesional de la técnica del Shift+Supr, pues al finalizar cada jornada y proceder a eliminar los restos, la velocidad con que uno es capaz de ejecutarla puede resultar determinante para llegar a casa a una hora decente.
Así que aquel día, tras llegar a mi despacho y encender mi ordenador, mi dominio de la técnica del Shift+Supr me permitió respirar aliviado tras el susto inicial de ver que habían quedado restos del trabajo del día anterior. Yo no acerté entonces a explicarme cómo era posible, pues soy una persona muy metódica, pero lo cierto es que allí había tres ficheros:
Llegué a mi despacho con mi habitual puntualidad, después de haber pasado todos los controles de seguridad rutinarios. Encendí mi ordenador, tras introducir el código de 36 dígitos. Era éste un robusto sistema de seguridad creado por mí; si me confundía en un solo dígito el ordenador se autodestruiría inmediatamente, sin causar daños fuera de su carcasa. Además, un letrero adjunto explicativo informaba de ello, de forma que así me aseguraba de que ningún intruso se atreviese a emplear el método de prueba/error para intentar joderme. Por otro lado, mi memoria y sangre fría me garantizaban que nunca me equivocaría al introducir el código. Mi trabajo estaba a salvo; la seguridad siempre fue mi especialidad dentro de la Informática.
Por ello, en aquel ordenador almacenaba la única copia de todo mi trabajo. Yo sé mejor que nadie que no hay nada más inseguro que hacer copias de los datos; es un principio básico que cuanto menor sea la cantidad de datos a proteger, más efectivo será el sistema de seguridad que los protege. De forma que cada día me sentaba allí, trabajaba lo mío y al final del día eliminaba todos los archivos temporales que había utilizado a lo largo del día, para no acumular datos innecesarios. Pero, eso sí, el borrado tenía que ser físico, a fin de no dejar rastro, por lo que utilizaba la combinación Shift+Supr en lugar de la típica Supr para borrarlos, un ingenioso truco que sólo los más avezados conocíamos por entonces.
Me convertí en un profesional de la técnica del Shift+Supr, pues al finalizar cada jornada y proceder a eliminar los restos, la velocidad con que uno es capaz de ejecutarla puede resultar determinante para llegar a casa a una hora decente.
Así que aquel día, tras llegar a mi despacho y encender mi ordenador, mi dominio de la técnica del Shift+Supr me permitió respirar aliviado tras el susto inicial de ver que habían quedado restos del trabajo del día anterior. Yo no acerté entonces a explicarme cómo era posible, pues soy una persona muy metódica, pero lo cierto es que allí había tres ficheros:
- crucial.txt
- importante.sys
- para_borrar.zip
Por supuesto, sobraban los dos primeros, ya que siempre comprimía todo mi trabajo en un fichero llamado para_borrar.zip. Ingeniosamente pensado por mi parte, pues de esta manera añadía un nivel más de seguridad para el super-hipotético caso de que alguien lograse burlar toda la seguridad y llegar hasta el disco duro.
Así que seleccioné el primero de ellos. Shift+Supr.
Seleccioné el siguiente. Shift+Supr.
Así que seleccioné el primero de ellos. Shift+Supr.
Seleccioné el siguiente. Shift+Supr.
Mi técnica depurada me permitía alcanzar una velocidad de borrado tal que no dejaba lugar para la rectificación. De hecho mi ágil mente se dio cuenta de todo lo que sucedió en esas décimas de segundo, sin posibilidad de hacer nada por impedirlo. La secuencia de hechos fue la siguiente:
- Tras borrar crucial.txt seleccioné importante.sys.
- Aproximadamente en el mismo instante en que presionaba la tecla Shift “se seleccionó” por arte de magia para_borrar.zip.
- El Supr fue inevitable, no pude frenarme; cuando hago Shift-Supr ya no hay stop.
... ...
Debo decir que por un momento pensé que acababa de perder todo el trabajo de los últimos 5 años, pero enseguida me calmé y me convencí de que no era tan grave como eso. “En realidad sólo son 4 años y medio”, me dije, “menos si descontamos los fines de semana.”. Y en ese momento supe que dedicaría el resto del día a recuperar mi trabajo.
Lo primero era averiguar por qué había ocurrido lo que pasó; no deseaba que volviese a suceder. ¿Por qué importante.sys no se borró, sino que se seleccionó mágicamente el archivo siguiente? ¿Había algo de especial en ese fichero que ahora era el único en mi disco duro? Sólo había una manera de averiguarlo: lo abrí y pude leer su contenido:
Jarolu, Área 33
¡Ajá! Eso no lo había escrito yo; no podía ser parte de mi trabajo del día anterior. Alguien había puesto intencionadamente ese archivo ahí. ¿Cómo lo habían logrado? Estaba claro que tenía que ser un hacker muy bueno, y sin embargo firmaba como alguien del área 33, lo cual chocaba con mis convicciones: la gente que no es capaz de entrar a trabajar en el área 41 se queda en el área 40, salvo los que no dan la talla, que quedan en la 39, y así sucesivamente. Me sorprendió que alguien del área 33 fuese capaz de burlar mi sistema de seguridad. Al parecer un tal Jarolu…
En ese momento entró a mi despacho Guillermo, mi jefe. El sobresalto impulsó mis dedos a hacer eso que tanto tenían entrenado. No pude evitarlo. Shift+Supr. El disco duro quedó vacío...
- ¡Pepe! – me dijo - ¿Dónde coño están los resultados de las pruebas que hiciste ayer?
- Esteeee… Los tengo por aquí, los iba a poner bonitos para mandártelos.
- ¡No los quiero bonitos! ¡Me importa un carajo que estén bonitos! ¡Los quiero en mi ordenador en menos de 10 minutos!
Y ya daba media vuelta cuando añadió:
- ¿Y por qué carajo pone ahí “0 archivos encontrados” en tu disco duro??
- Esteeee… ¿verdad que es curioso? Jejeeee… Pues cuando te lo cuente… la verdad es que no te lo vas a creer.
- ¡Ponme a prueba!
Guillermo había activado el modo "mirada que abre ostras a tres metros" en sus ojos. Odiaba que hiciera eso. En ocasiones he pensado en ponerle un espejo delante para ver si se taladraba con su propia mirada. Afortunadamente mi mente privilegiada no se ve amilanada por ese tipo de demostraciones inútiles, así que elaboré al vuelo una original excusa:
- … Pueeeees… estoooo… ¡es mi nuevo sistema de seguridad!… ¡Sí, eso es! ¿A qué parece que no hay nada? Así los “malignos” pensarán que no hay nada y se irán. En realidad lo tengo todo aquí… aunque oculto.
- Muy bien… De acuerdo… Mira, Pepe, sé que te contratamos como el mayor experto en seguridad, entre otras cosas, pero el área 41 es segura, ¡no necesitas sobreproteger tus datos! ...Si perdieses menos tiempo en esas tonterías no tendría que venir a tirarte de las orejas.
Ahora sí, atravesó la puerta con paso decidido, añadiendo en voz alta y furiosa:
- ¡Diez minutos!
Muy bien. Tenía 10 minutos para recuperar mi trabajo. Afortunadamente tenía un plan, que mi ágil mente fue capaz de trazar casi instantáneamente. Conocía una manera de recuperar los datos de un disco duro, incluso aunque estos fuesen borrados con Shift+Supr. Se trataba de una tecnología puntera que no puedo desvelar aquí, pero que podemos resumir en que tenía que ir a por un CD a mi casa. Mientras apagaba mi ordenador, calculé rápidamente:
- 1 minuto para bajar al hall e inventar una excusa para salir del área 41
- 5 minutos para llegar a casa corriendo
- 1 minuto para buscar el CD, y
- 5 minutos para volver
Iba a andar pillado de tiempo, pero mi dotada mente era capaz de ir desarrollando una excusa ingeniosa mientras bajaba al trote las escaleras.
- ¡Tengo que ir de inmediato a mi casa! – le dije a Carlos, el guarda de seguridad – ¡Me dejé encendida la tostadora nueva!
- … Ummm… está bien… - masculló.
- ¡Volveré enseguida!
No está bien que yo lo diga, con lo modesto que soy, pero aquello fue un alarde de ingenio. Nadie se creería, pues sería evidentemente imposible, que alguien tan dotado como yo se olvidase una tostadora encendida; de ahí que mencionase que se trataba de una tostadora nueva. Incluso las mentes más privilegiadas podrían cometer un error así el primer día de uso de una tostadora.
Rápidamente atravesé corriendo el parque que separaba mi casa de mi lugar de trabajo. Entré en casa a toda velocidad y enseguida localicé el CD que buscaba. Antes de salir apagué la tostadora nueva. Después, volví a atravesar el parque.
Cuando llegué a mi despacho con el CD sabía que me quedaba muy poco tiempo. Lancé el CD encima de la mesa mientras comenzaba a introducir los 36 dígitos del código de seguridad de mi ordenador: 01234567891011… En ese momento la puerta se abrió de golpe. Era Guillermo:
- ¿Me estás vacilando o qué? ¿Sabes lo que significan 10 minutos?
- Sí, sí, perdona… ya te lo iba a mandar ahora.
- ¿Ahora? ¡Por el amor de Dios! Me estás vacilando, ¿verdad?? ¡”Ahora” es lo que dijiste hace 15 minutos! ¡”Ahora” es lo que me dijiste ayer! ¿Es que para ti el tiempo es relativo???
Interesante, ¿sería posible relativizar el tiempo? Estuve a punto de responderle lo que pensaba acerca de si el tiempo es relativo:
- ¡Depende!
Pero lo cierto es que tenía otro problema del que preocuparme. Con sus gritos me costaba concentrarme… ¿Había empezado a escribir ya el 12 o no? Mi dedo reposaba sobre la tecla 1, pero no sabía si era el último uno del 11 o el primero del 12… En mi mente resonaban las palabras de Guillermo, pero también mi cuenta interior, que me decía “doce, doce”. Estaba seguro de que iba en el número 12. No podía estar tan seguro de ello si no hubiese empezado a teclearlo ya, así que tenía que continuar con el código a partir del 2 del 12. No había duda.
- Mira, Guillermo, te lo voy a dar exactamente en 1 minuto. No te estoy vacilando, ¿vale? – dije al tiempo que pulsé la tecla 2.
... ...
A pesar de que mi sistema de autodestrucción no causaba daños fuera de la carcasa, su funcionamiento se podía percibir con claridad, sobre todo por el mensaje que se reproduce por los altavoces:
- “Autodestruyendo disco duro. BEEP.”
Nunca había visto en Guillermo una cara de asombro semejante. Tanta perplejidad le dominaba que ni siquiera fue capaz de activar el modo "mirada que abre ostras a tres metros" en sus ojos...
Por supuesto, en ese momento supe que iba a ser mi último día en el área 41.
